Elena llevó las manos a su vientre, acariciando la curva que llevaba cinco lunas creciendo en secreto. En ese infierno verde, donde la vida valía menos que una bola de caucho, un embarazo no era una bendición; era un riesgo de producción. Pero el canto del Urcututu le trajo una calma extraña, una certeza antigua.
—¿Qué dices? —Matías la miró con los ojos desorbitados por la paranoia del "susto"—. Ese pájaro trae desgracia.
—El canto del Urcututu anuncia y cuida la semilla —recitó ella, recordando las palabras de su abuela, borradas casi por el látigo de los patrones—. Nos está diciendo que el tiempo se acerca. Que hay un nuevo comienzo.
Elena cerró los ojos y se permitió, por un segundo, olvidar las deudas, las cadenas y los rifles. Se repitió a sí misma la afirmación, usándola como un escudo contra la locura de su conviviente: "Estoy consciente que la fe, la dedicación y la paciencia son necesarias para un buen nacimiento. Confío en el ritmo de la Naturaleza, sabiendo que todo tiene su tiempo y llega a su momento".
—¿Un comienzo? —Matías soltó una risa seca, quebrada—. Aquí no nacen cosas, Elena. Aquí solo se desangran árboles y hombres. Voy a matarla. Si callo al pájaro, callo a la mala suerte.
Se levantó, machete en mano. La locura del caucho, esa enfermedad del alma que convertía a los hombres en fantasmas codiciosos, se lo estaba comiendo.
—¡Si la tocas, matas lo que viene! —gritó Elena, interponiéndose entre él y la puerta.
El grito quedó suspendido. El Urcututu cantó de nuevo, esta vez más cerca, casi encima del tambo. Urucututu. Era un sonido protector, envolvente, como una manta de plumas invisibles.
Elena sintió una patada en el vientre. La semilla. ¿Estaba preparada para que naciera algo nuevo en medio de tanta podredumbre? Su abuela le había enseñado que, para acompañar bien un embarazo, debía "dietar" el miedo. No mirar lo feo, no escuchar los gritos de los castigados, comer solo lo que el bosque daba con permiso. Pero, ¿cómo no mirar el horror en el Putumayo?
—Tengo que cuidar la semilla —susurró ella, más para el ser en su vientre que para Matías—. Tengo que hacer que nazca bien, lejos de la codicia.
Matías la empujó con la desesperación de un ahogado. —Tú no entiendes, mujer. El Patrón quiere su cuota. Si le llevo el pájaro… quizás le guste. Quizás perdone los kilos que faltan.